Por: Gonzalo Molina Arrieta *Coordinador de Proyecto Ecoatmósferas, Lic. En ciencias Sociales y Económicas, Magister en Desarrollo Sostenible, Especialista en Filosofía, Especialista en Gestión Pública, Técnico en Preservación Recursos Naturales, Técnico en Gestión Ambiental, Técnico en Turismo de Naturaleza, Técnico en Guianza Turística, Técnico en Manejo de Zonas verdes y Jardinería. Correo: ecoatmosfera@gmail.com
Desde tiempos antiguos, el río ha sido una de las imágenes filosóficas más poderosas para comprender la vida, el tiempo y el cambio. En Heráclito, la expresión «nadie se baña dos veces en el mismo río» señala que la realidad está en permanente devenir: cambian las aguas y cambia también quien entra en ellas. Esta intuición conserva su fuerza, pero la crisis ecológica actual exige ampliar la pregunta. El río ya no puede ser visto únicamente como metáfora; es una comunidad de vida, un territorio histórico y un sujeto que interpela nuestras decisiones.
Interpelar significa preguntar, confrontar y exigir una respuesta. El río nos interpela cuando sus peces desaparecen, cuando una represa altera sus ciclos, cuando la contaminación enferma a las comunidades o cuando las inundaciones revelan que hemos olvidado convivir con el agua. También pregunta quién decide sobre el territorio, quién recibe los beneficios del llamado desarrollo y quién asume sus costos ecológicos y culturales.
El río como comunidad de vida
Un río no es solo agua que circula entre dos orillas. Es una red integrada por microorganismos, peces, anfibios, aves, bosques ribereños, humedales, suelos, sedimentos, ciclos climáticos y comunidades humanas. Cuando se interrumpe la migración de una especie, se destruye un bosque o se contamina un afluente, todo el sistema se debilita. El río enseña así la interdependencia: ningún ser existe aislado y lo que sucede aguas arriba transforma la vida aguas abajo.
Esta comprensión coincide con muchas cosmovisiones indígenas de América, para las cuales los ríos son seres vivos, madres, abuelos, caminos ancestrales y lugares sagrados. Entre los pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta, el agua participa del equilibrio del mundo; para el pueblo embera katío del Alto Sinú, el río articula alimentación, movilidad, espiritualidad, organización comunitaria y continuidad cultural. Cuidarlo no es proteger un objeto exterior, sino preservar el cuerpo colectivo del territorio.
Desde esta perspectiva, el río formula una primera pregunta filosófica y política: ¿somos propietarios del agua o miembros de la comunidad de vida que ella sostiene? La respuesta define si educamos para dominar la naturaleza o para habitar responsablemente sus límites y relaciones.
Memoria sinuana y sabiduría para convivir con el agua
Guillermo Valencia Salgado: el río como relato e identidad
En la obra de Guillermo Valencia Salgado, el Compae Goyo, el río Sinú aparece como una presencia cultural que habla mediante el mito, la poesía, la música, el humor y la tradición oral. En los relatos sobre Onomá y Zispatá, la corriente nace de una experiencia de amor, pérdida y dolor: las lágrimas se vuelven agua y la memoria se hace paisaje. El río no es entonces un accidente geográfico, sino una narración compartida que permite a un pueblo reconocerse.
Valencia Salgado legitima las voces campesinas y populares que suelen quedar fuera de los relatos oficiales. Su literatura muestra que una comunidad no solo habita el río: lo nombra, lo canta, lo imagina y transmite sus significados entre generaciones. El Sinú se convierte en archivo vivo de la sinuanidad, donde naturaleza y cultura no pueden separarse.
Esta visión produce una interpelación cultural: ¿qué ocurre cuando los jóvenes dejan de conocer los mitos, las canciones y las palabras con que sus mayores comprendieron el territorio? Difícilmente se protege aquello que se ha dejado de sentir como parte de la identidad. Recuperar la memoria del río es, por tanto, una práctica educativa y una forma de cuidado.
Benjamín Puche Villadiego: leer los ciclos del territorio
Benjamín Puche Villadiego permite comprender el río desde la memoria tecnológica y ambiental del pueblo Zenú. Sus estudios destacan los sistemas prehispánicos de canales y camellones construidos en los valles del Sinú y el San Jorge. En lugar de considerar la creciente como un enemigo absoluto, las comunidades orientaron el agua, protegieron cultivos y aprovecharon los sedimentos que fertilizaban los suelos. Esta ingeniería hidráulica surgió de una observación prolongada de los ciclos del territorio.
La enseñanza central es que existen tecnologías destinadas a convivir con el agua y no solamente a contenerla o dominarla. Los ciclos del bocachico, la hicotea, el maíz y la yuca forman parte de una misma red ecológica y cultural. Separar el río de la alimentación, la biodiversidad y la economía comunitaria impide comprender su complejidad.
Puche Villadiego también vinculó pedagogía, cultura y ambiente mediante alfabetos populares campesinos. Ecoalfabetizar significa aquí aprender a leer algo más que palabras: leer especies, temporadas, suelos, señales del agua y memorias colectivas. El río interpela entonces a la escuela: ¿por qué conoce tecnologías lejanas y desconoce la sabiduría hidráulica desarrollada en su propio territorio? ¿Por qué toda inundación se presenta como desastre sin examinar cómo la ocupación urbana, la desecación de humedales y el olvido de los ciclos naturales aumentan el riesgo?
Urrá: desarrollo, dignidad y resistencia territorial
Alberto Alzate Patiño: los costos ocultos del progreso
Alberto Alzate Patiño investigó los impactos sociales y ambientales del proyecto hidroeléctrico de Urrá sobre el río Sinú y las comunidades del Alto Sinú. El estudio de 1987, construido mediante recorridos y diálogo con la población, advirtió riesgos para la seguridad alimentaria, los ecosistemas y la permanencia del pueblo embera katío. Su trabajo cuestiona la aparente neutralidad del desarrollo: una obra puede generar electricidad y, simultáneamente, interrumpir la migración de los peces, inundar territorios, transformar la movilidad y afectar lugares sagrados.
Alzate obliga a preguntar quién define los impactos aceptables, qué conocimientos cuentan en la decisión y cómo se distribuyen beneficios y pérdidas. Su investigación representa una ciencia social comprometida: conocer el territorio implica responder ante quienes lo habitan. Su asesinato en 1996 recuerda, además, los riesgos que enfrentan quienes confrontan poderes políticos y económicos desde la defensa de las comunidades.
Kimy Pernía Domicó: el río como territorio y autonomía
Kimy Pernía Domicó, líder embera katío del Alto Sinú, convirtió la defensa del río en una lucha por la autonomía, la dignidad y la continuidad cultural de su pueblo. Para él, el territorio no era una mercancía compensable, sino la condición material y espiritual de la existencia colectiva. Oponerse a Urrá no significaba rechazar abstractamente la infraestructura; significaba defender una trama integrada por peces, cultivos, lugares sagrados, conocimientos y relaciones comunitarias.
El Do Wambura —Adiós Río— de 1995 expresó el dolor ante la transformación impuesta y, al mismo tiempo, la decisión de resistir. Recuperar los nombres indígenas de ríos y comunidades era recuperar dignidad territorial, pues nombrar reconoce historia, pertenencia y sentido. La desaparición forzada y el asesinato de Kimy en 2001 no silenciaron su palabra: su memoria continúa preguntando si puede llamarse legítima una obra que amenaza la supervivencia cultural de un pueblo sin garantizar su consentimiento.
Cuatro formas de interpelación desde el Sinú
| Voz territorial | Comprensión del río | Pregunta que plantea |
| G. Valencia Salgado | Memoria, relato e identidad | ¿Quiénes somos si olvidamos las historias del río? |
| B. Puche Villadiego | Sabiduría hidráulica y ciclos ecológicos | ¿Por qué la escuela ignora saberes para convivir con el agua? |
| A. Alzate Patiño | Territorio afectado por megaproyectos | ¿A quién beneficia y a quién perjudica el desarrollo? |
| K. Pernía Domicó | Vida, autonomía y resistencia | ¿Puede haber justicia sin consentimiento y respeto territorial? |
Del pensamiento ambiental a la cuenca como aula abierta
Leff, Haraway y Latour: racionalidad, parentesco y límites
Enrique Leff explica que la crisis ambiental se profundiza cuando la naturaleza deja de comprenderse como trama de vida y se reduce a recurso económico. El río posee valores ecológicos, culturales, históricos, espirituales, sociales y productivos que no pueden traducirse a una sola medida monetaria. Su propuesta de racionalidad ambiental invita al diálogo entre conocimientos científicos, saberes ancestrales y experiencias comunitarias. Desde esta perspectiva, el río es patrimonio biocultural: cuidar la biodiversidad exige proteger también las lenguas, prácticas y memorias formadas alrededor del agua.
Donna Haraway ayuda a reconocer que los seres humanos no vivimos separados de la naturaleza. Nuestros cuerpos participan en redes de agua, alimentos, microorganismos, plantas, animales y tecnologías. Cuando el río enferma, la contaminación vuelve a nosotros y afecta la salud, la alimentación y las relaciones sociales. El cuidado deja de ser una acción externa y se convierte en responsabilidad hacia los múltiples seres con quienes compartimos el territorio.
Bruno Latour propone «volver a aterrizar»: reconocer el suelo concreto y los límites ecológicos que hacen posible la vida. Aterrizar significa dejar de mirar el río como una línea azul en un mapa y comprenderlo como cuenca habitada, atravesada por flujos naturales, memorias, conflictos y decisiones políticas. Estas tres perspectivas coinciden en que no hay sociedad fuera de la Tierra ni bienestar humano separado de la salud de los ecosistemas.
Ecoatmósferas: aprender con el río
Como plantea Gonzalo Molina Arrieta (2025) en su investigación Ecoalfabetización como estrategia transformadora de la educación ambiental: sistematización del Proyecto Ecoatmósferas, la ecoalfabetización crítica es un proceso vivencial, sistémico, glocal y orientado a la transformación educativa. Aplicada a la cuenca, esta perspectiva convierte el río en aula viva: invita a caminar sus orillas; observar especies y transformaciones del paisaje; analizar la calidad, disponibilidad y distribución del agua; reconstruir memorias; y dialogar con pescadores, campesinos, pueblos indígenas, mujeres cuidadoras, científicos y habitantes urbanos.
La cuenca como aula abierta integra filosofía, ecología, historia, economía, arte y participación ciudadana. Un mismo problema —por ejemplo, la desaparición del bocachico— permite estudiar ciclos biológicos, seguridad alimentaria, infraestructura, cultura, justicia ambiental y políticas públicas. El territorio deja de ser escenario pasivo y se transforma en fuente de preguntas, conocimientos y responsabilidades.
Este diálogo debe reconocer la autoría de las comunidades, solicitar su consentimiento y devolver los resultados de la investigación. Los conocimientos territoriales no pueden ser extraídos del mismo modo que los recursos naturales. La ecoalfabetización crítica une conocimiento y acción: después de observar y comprender, la comunidad educativa puede monitorear especies, mapear conflictos, restaurar rondas hídricas, recuperar relatos, participar en decisiones públicas y promover prácticas regenerativas.
Así, el río interpela a toda la escuela: ¿quién usa y controla el agua?, ¿qué ecosistemas sostienen su oferta?, ¿qué actividades la contaminan?, ¿quiénes sufren la escasez?, ¿qué voces son escuchadas? Convertir la cuenca en aula es educar para responder colectivamente a estas preguntas.
El río como maestro de virtudes y ciudadanía
El río educa el carácter y la vida pública. Enseña paciencia, porque sus transformaciones ocurren en el tiempo; cooperación, porque cada afluente participa de una red mayor; resiliencia, porque el agua busca caminos; humildad, porque recuerda nuestros límites; solidaridad, porque conecta poblaciones distintas; y cuidado, porque toda acción aguas arriba afecta a otros seres y comunidades aguas abajo. Las voces del Sinú añaden memoria, valentía y justicia: Valencia Salgado y Puche Villadiego enseñan a recordar y leer el territorio; Alzate Patiño y Pernía Domicó muestran que cuidarlo también exige cuestionar aquello que destruye la vida.
Pensar filosóficamente el río es reconocer una red de relaciones en la que convergen biodiversidad, cultura, espiritualidad, economía y poder. El río no es únicamente agua disponible ni simple metáfora del cambio. Es memoria territorial, comunidad de vida y espacio de interpelación. Pregunta quiénes somos, qué conocimientos valoramos, qué entendemos por progreso, quién decide sobre los territorios y qué responsabilidades asumimos frente a las generaciones futuras.
Guillermo Valencia Salgado permite escuchar el Sinú como relato e identidad; Benjamín Puche Villadiego recupera la sabiduría zenú para convivir con las aguas; Alberto Alzate Patiño revela los costos sociales y ambientales ocultos por el discurso del desarrollo; y Kimy Pernía Domicó vincula la defensa del río con la autonomía y la dignidad del pueblo embera katío. Leff, Haraway y Latour amplían esta comprensión al mostrar que la crisis ambiental es también una crisis de racionalidad, vínculos y pertenencia terrestre.
En tiempos de crisis ecológica, el río se vuelve maestro, testigo y sujeto de cuidado. La ecoalfabetización crítica propone aprender con él y convertir la cuenca en aula abierta para investigar, dialogar y actuar. Como enseñaba Heráclito, todo fluye; la cuestión contemporánea es si seremos capaces de transformarnos con el río para construir territorios justos, biodiversos y sustentables, o si continuaremos alterando sus ciclos hasta comprometer nuestra propia existencia.
Preguntas para la reflexión
- ¿Qué cambia en nuestra relación con el territorio cuando consideramos el río una comunidad de vida y no solo un recurso?
- ¿Qué aporta la obra de Guillermo Valencia Salgado a la identidad y la memoria del río Sinú?
- ¿Qué puede aprender la sociedad actual de la ingeniería hidráulica zenú estudiada por Benjamín Puche Villadiego?
- ¿Puede llamarse desarrollo a una obra que produce energía, pero debilita la autonomía alimentaria y cultural de una comunidad?
- ¿Por qué la defensa de Kimy Pernía Domicó es también una defensa de la dignidad y la justicia?
- ¿Cómo puede la escuela convertir la cuenca local en un aula abierta de investigación y acción?
- Alzate Patiño, A., Brunal, B. S., Díaz Urzola, M., Massiris, A., y Yances, R. (1987). Impactos sociales del proyecto hidroeléctrico de Urrá. Centro de Investigación Social Fundación del Caribe.
- Haraway, D. J. (2016). Staying with the trouble: Making kin in the Chthulucene. Duke University Press.
- Jaramillo Jaramillo, E. (Comp.). (2011). Kimy, palabra y espíritu de un río. IWGIA y Colectivo de Trabajo Jenzerá.
- Latour, B. (2018). Dónde aterrizar: cómo orientarse en política. Taurus.
- Leff, E. (2004). Racionalidad ambiental: la reapropiación social de la naturaleza. Siglo XXI Editores.
- Molina Arrieta, G. P. (2025). Ecoalfabetización como estrategia transformadora de la educación ambiental: sistematización del Proyecto Ecoatmósferas [Tesis de maestría, Corporación Universidad de la Costa]. Repositorio Institucional CUC. https://repositorio.cuc.edu.co/entities/publication/1eccf305-895a-4e46-a76b-7d194c9db153
- Puche Villadiego, B. (2001). El gran imperio Zenú: centro de ingenieros hidráulicos y orfebres de filigrana fina en la América prehispánica.
- Valencia Salgado, G. (1982). Murrucucú: antología de cuentos, mitos y leyendas del Sinú.
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